sábado, 11 de abril de 2009

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No sé si puedo calificarme como una persona bulímica. 
No sé si puedo calificarme como una chica normal

Definitivamente las circunstancias de mi vida no han sido de lo más felices siempre, a pesar de haber tenido momentos brillantes... hermosos.

Nací en una ciudad sureña, en la que llovía todos los meses. En el invierno, se encendían las miles de chimeneas y las vidas al interior de cada hogar era casi predecible. Hasta la vida en mi living, haciendo las tareas junto al fuego, era predecible. Nada nunca salía de contexto. Nada extraño nunca perturbaba nuestra estancia momentanea.
Cuando llovía, el verde se hacía más verde aún. Y los árboles parecían crecer y llegaban a nuestro jardín muchas aves hermosas... torcacitas, castellanitas, garzas, gorriones... y nuestro sinfín de árboles, plantas y flores parecían renacer con cada gota que caía. Y yo florecía con ellas. 
Era una vida tranquila... agradable, reposada, sincera.
En los veranos, nos juntábamos todos los de la cuadra a jugar, muchas carreras en bicicleta, nos invitábamos mutuamente a nuestras piscinas, jugábamos hasta que ya no veíamos nada.
Y supongo que éramos todos felices.
Inventábamos mil y una cosas... cosíamos ropa para las muñecas, cantábamos y bailábamos las canciones de Jem, explorábamos casas cercanas, y volvíamos a tomar la bicicleta. 
Todos nos conocíamos, y por eso era tan fácil pasar los veranos prácticamente pegados. Un día en tu casa, al siguiente en la mía. Todo resultaba fácil... la vida era hermosa.
Hasta que las cosas empezaron a cambiar.
En mi familia somos 5. Mi papá es médico, mi mamá ha hecho muchas cosas en su vida, no tiene un título profesional pero seguro le da cancha tiro y lado a muchas profesionales del área financiera o del área textil y de vestuario. Mi hermano es mayor que yo y es médico. Tiene una hija de 8 años. Mi hermana es menos que yo, tiene 25 y estudia medicina. Creo que mi mamá la ama.
Y mientras mi papá hacía miles de turnos, y nos iba a buscar en las mañanas para llevarnos al colegio escuchando la Cooperativa o la Bio Bio, mi mamá nos empezó a hacer unos pijamas. Y le quedaron tan bien que decidió intentar hacer un buzo de colegio para mi hermano. Y le quedó mejor que los que se vendían a los escolares. Y ahí decidió abrir un taller de costura. Y su éxito fue repentino y duradero. La calidad de su ropa la convirtió en la proveedora oficial de muchos colegios de Temuco. Le iba muy bien. Pero pasaba todo su día en el taller.... cada vez empleaba a más y más gente y sin embargo, seguía teniendo la misma cantidad de trabajo.
Y por alguna razón, desapareció entre sus géneros, tintas, bordados y tijeras. Dejó de estar presente... dejó de ser mi mamá. 
Refugiada entre los enormes platos de comida casera, calientita y disponible a toda hora, empecé a llenar de calorías un vacío emocional que en ese entonces no comprendía, ni tampoco importaba.
Recuerdo que mi hermana era muy dependiente de mi mamá, y a ella no parecía molestarle el acoso aquel. Mi hermana dormía con ella casi todas las noches, y cuando mi papá tenía turno (y al mismo tiempo nosotros nos turnábamos para dormir con mi mamá), mi hermana siempre se las arreglaba para hacer algún berrinche que le permitiera siempre salir vencedora.
Y cuando mi papá volvía de trabajar, entraba a la pieza de mi hermano a saludarlo... Nunca recuerdo que me haya ido a saludar a mi. 
A veces, nos traía regalitos... lápices de colores y reglas con formas de animalitos... y me encantaban esas sorpresas. 
Creo que desde chica lo admiré, era el papá perfecto, era el mejor médico, lo más amado y lo más respetado.
Y mientras uno saludaba a mi hermano, y la otra a mi hermana, yo engordaba. Me comía la necesidad de ser abrazada y acogida. Masticaba con rapidez lo que me hacía sentir satisfecha por un momento. Sola.
Y con el tiempo ya no era sólo comer la comida que me preparaba la nana. Empecé a robarme las sopas, los sobres de flanes para preparar con sus respectivos caramelos, los jugos, los caldos en cubitos... los escondia en un cajon y me los comía. Y era feliz mientras trituraba los fideos crudos con mis muelas, esperando que pasara algo que cambiara todo. Pero ese algo no pasó.
Y los años pasaron y mis kilos aumentaron. Recuerdo haberme pesado una vez en una balanza del supermercado -porque en la casa no teníamos pesa-. Y pesé 36. Y me acuerdo que en ese tiempo mi peso deberia haber sido de 25 kilos o quizas menos. Lo recuerdo porque, a pesar de mi gordura, estaba en Gimnasia rítmica, y la profesora me había pedido que me pesara y me dijo que tenía que hacer dieta y llegar a 26. Yo le había dicho que pesaba 29, pero es porque eso creía. La subida a la balanza fue posterior... nunca le dije la verdad. Y nunca bajé hasta los 26.
Después, mi necesidad de calorías empezó a ser lo más importante.
Al levantarme en la mañana, lo primero que pensaba era en lo aburrida que estaba de tener que tomarme esos malditos corn flakes con leche que mi papá nos tenía servidos. Nunca compraba otros cereales. Era aburrido. Y yo esperaba la hora del recreo para comprar a mi antojo todo lo que me alcanzara con mis monedas. Y cada día compraba más y más comida...
Empecé a sacarle plata a mi papá con el único propósito de comprar dulces. Primero eran monedas, después billetes. Y todo iba a parar a mi estómago, hambriento de dulces.. hambriento de calor.
Y me miraba al espejo y sabía que estaba gorda, pero no me encontraba tan mal. Me parecía que ya tendría tiempo de bajar todos los kilos demás. Mañana.... mañana...
En algún minuto mis papás notaron que mi sobrepeso era peligroso.. y recuerdo innumerables visitas a nutricionistas, psicólogos, exámenes médicos. Mi mamá me traía a Santiago a hacerme exámenes y a ver a doctores, con el fin de que bajara de peso.
Supongo que mis papás no entendían -y yo no lo sabía entonces-, que no era dieta lo que me hacía falta. Era cariño.
Con el tiempo mi mamá empezo a odiarme de a poco. Lo sé porque a pesar de que era chica, recuerdo muchas cosas que ella discutía con mi papá sobre mi. Los escuchaba. Ella una vez me dijo que yo había sido la culpable de su fracaso matrimonial con mi papá. Y yo no entendía de que estaba hablando. ¿Yo? ¿Que hice?. Y esa maldita frase ha estado en mi cabeza desde ese entonces.
Mis hermanos también eran gordos, pero nunca al extremo en el que yo lo era. Ellos eran gordos por la comida que daban en la casa. Yo, por eso y por toda la enorme cantidad de adicionales que comía día tras día. 
Yo seguí engordando y siempre era la más gorda del curso. No recuerdo haber tenido compañeros especialmente crueles al respecto, y lo agradezco. Un que otro comentario, pero la verdad es que era muy a lo lejos...
Pero mientras estaba en el colegio, mi hermana dejó de comer. Se alimentó todo un verano de puros duraznos. Y adelgazó. Quedó flaca. Y yo la envidiaba, porque yo no era capaz de cerrar mi boca de ballena. No tenía la fuerza de voluntad para decir "ya basta". Y mis papás ya se habían dado por vencidos. Y no los culpo. Supongo que no supieron que más hacer.
Salí del colegio el 98 siendo una verdadera vaca. Y al año siguiente nos vinimos a Santiago.
El ultimatum de mi papá de entrar o entrar a la universidad me presionó y tomé la peor decisión de mi vida. Estudiar una carrera que nunca me gustó y de la que nunca me dejaron salirme para estudiar lo que ya había descubierto que quería.
Pero pasaron cosas antes.
Cuando llegamos a Santiago, yo no conocía a nadie acá. Odiaba esta ciudad. Era calurosa, oscura, fea. El pasto no era verde sino que gris, la lluvia no parecía lluvia. No limpiaba ni daba vida sino que ensuciaba y te hacía torpe. Mi relación con mi mamá estaba muy deteriorada en ese entonces, ya que la idea de trasladarnos de ciudad había sido de ella y yo la culpaba. La odiaba por haberme separado de mis amigos, de la gente que me quería, de aquellos a los que yo quería.
El teléfono era mi aliado esos primeros meses. Pero cada vez era mas notorio que la pequeña extensión de mi cuerpo que se había quedado en Temuco estaba marchitándose.
Y entré a la universidad. En mi carrera -Licenciatura en Arte- había casi solo mujeres. Y el 95% de ellas eran semi rubias, delgadas o flacas, con pololos ingenieros, con mucho dinero, y sin problemas ni preocupaciones aparentes.
Me junté con el 5% restante... eramos los feitos, los clase media o clase media baja. Los que no destacábamos por el auto, ni por el apellido, ni por la pinta. Los normales.
Ese primer semestre supe que me había equivocado de carrera... pero mi papá me dijo que le diera tiempo.
Y yo le daba tiempo.. y en ese tiempo llegó a mi vida de manera abrupta la necesidad de estar ligada al mundo automotriz. Al principio no me atreví a confesarmelo ni siquiera a mi misma. 
Veía las carreras de Fórmula 1 por televisión sin atreverme a decirle a nadie cuanto me gustaba todo eso...supongo que fue ahi cuando comenzó a crecer esa absurda necesidad de pertener a aquello que era tan lejano.
Sin embargo, no dije nada ese año. Seguí con mi carrera, pasé todos los ramos, no entendía nada en los ramos de taller. No sabía que diablos estaba haciendo yo ahí. Mientras todos hablaban de la problemática y el objetivo y los medios y no sé cuantas cosas más, yo solo pensaba que mi problemática era que necesitaba estar en cualquier otro lugar menos ahi...
Y al llegar a mi casa lo hacía cargada de provisiones para la noche. Porque era ese momento, mientras estaba acostada en mi cama, cuando comía libre, sin que nadie me dijiera nada. Y estos eran reales festines de comida. Mientras leia Tintin o Asterix. Tratando de olvidarme de lo demás. 
Y los chocolates, papas fritas, snacks de todo tipo, bebida, helado, galletas, berlines, pasteles, postres... y comía y comía. Y era una rutina de casi todas las noches. 
Iba al supermercado con una cartera grande para poder meter todo ahi y que al llegar nadie se diera cuenta de la cantidad inmensa de comida que iba a comer.
Lo pasé mal. Lloraba bastante por mi aspecto. Me sentía gorda, muy gorda. Pero al mismo tiempo, no me sentía tan gorda como para que me miraran en la calle por ese motivo. Pero sé que la gente lo hacía. Me iba transformando en un barril de un modo vertiginoso. Y no podía parar.
Y en segundo año, ya decidida a estudiar lo que yo realmente quería, se lo dije a mi papá. Y élme pidió que esperara otro año. Que decidiera bien si lo que pensaba que quería era relamente el camino a obtener lo que yo buscaba. Y así lo hice. Después de todo, nuevamente pasé todos los ramos y me seguía yendo bien. Hasta que terminé ese año y le dije que no podía más. Que arte me estaba matando. Y esta vez entendió. Me dijo que bueno. Que le parecía bien. Que mecánica no iba a ser un camino fácil pero él sabía que podía hacerlo bien. Además ya no me avergonzaba de decirle a todo el mundo que me gustaban los autos. Aunque en el fondo, a mi me costaba sentirme cómoda con la idea.
Pero me sentí feliz. Ya no tendría que volver el próximo año. Estaba libre de aquella mochila pesada y desagradable llamada Arte. Me imaginaba estudiando cosas de motores, frenos y todas esas cosas que quería con tanta pasión.
Entonces un día bajé la escalera, y mis papás estaban conversando de mi hermana y de mi. Mi hermana estudiaba odontología en ese momento. Y mi mamá dijo "...no. Se cambia una sola de carrera pero no las dos. Es el colmo. Asi quq la Daniela tiene que terminar Arte". Y supe en ese momento a que se refiere la gente cuando dice que le duele el alma. Fue el dolor más agudo e indescriptible que he sentido en mi vida, y lo recuerdo como si me hubiera pasado hoy. Un dolor que te aprieta la garganta y te oprime el pecho. Cuesta respirar y te sientes miserable, sientes que esos segundos de agonía son horas y crees que el dolor no pasará nunca. Y es así al final. Nunca pasa... siempre permanece.
Entré a la cocina esperando que mi papá dijiera algo. Algo que me sacara de ese estado, algo que me diera la esperanza... pero no dijo nada. Nada.
Y desde ese minuto, las preferencias de mi mamá hacia mi hermana se hicieron más y más evidentes. 
Yo no entendía porqué a ella la dejaban salirse de su carrera, si no sabia que queria estudiar, y llevaba 1 año. A mi en primero y segundo me hicieron "seguir probando" a ver si era lo mio. A pesar de haber manifestado que ya no queria seguir. Y ahora, que por fin tenía la chance, me destruían toda la ilusión con una excusa estúpida. Después de todo, ¿es mi felicidad la misma que busca mi mamá para mi?. No. Ella le dio a mi hermana la oportunidad que yo necesitaba. La oportunidad que iba a cambiar mi vida, la oportunidad que me haría feliz. Y ni siquiera me preguntó. Solo lo dictaminó, y fue a favor de mi hermana.
Los años siguientes en Arte fueron horribles. Llegue llorando el primer día y salí llorando el último. Todos sabían lo que habia pasado. Todos sabían que odiaba a todos los que estudiaban arte, a todos los profesores, todas las salas. Me alejaba de lo que yo quería. De aquello que necesitaba para ser feliz. Y sin embargo, mis notas iban bien. No dejé de ir a clases, pero sí botaba ramos con la esperanza de que mi mamá recapacitara y me sacara de ahí. Pero eso no sucedió.
Y un día conversé con ella la posibilidad de hacerme un by pass gastrico. Yo estaba realmente gorda y veía en esta operación un camino hacia una mayor tranquilidad. Ya me sentia fea, desdichada, indeseable y hasta sucia. Y fue mi mamá quien me empezo a entusiasmar cada dia más con la idea. Y fuimos al doctor a evaluarme. Pesaba 116 kilos y media 1.70. O sea, tenía 50 kilos de sobrepeso y un IMC superior a 40. Obesidad mórbida. El doctor dijo que la única posibilidad que yo tenía era la cirugía.
Mi mamá se encontraba bien entusiasmada y yo me empecé a hacer los exámenes correspondientes. 
Me imaginaba como iba a cambiar mi vida con varios kilos menos. Estaba tan emocionada al respecto. Sabía que esto iba a ser lo más importante que me sucedería y que tenía que aprovecharlo al máximo.
Pero sin que yo me diera cuenta, mi mamá se empezó a arrepentir. Y sin que yo supiera, empezó a averiguar cuanto costaba operar a mi hermana. ¿de que? Silicona. Pechugas de silicona. Para que fuera aun mas perfecta de lo que era. 
Y todo sucedió de un momento a otro. No me operaron y mi hermana terminó con pechugas. Y lloré. Días y noches lloré. De rabia y de frustración. Sentí  que mi mamá nuevamente se reía de mi. Que había dejado que yo saboreara la posibilidad de un cambio real, pero que al final fuera solo una ilusión.
Y me sentí miserable. Tonta. Torpe.
Mi papá se la pasaba casi todo el tiempo en Temuco -porque seguía trabajando allá- y venía solo los fines de semana. Instancia que aprovechaba mi mamá para pelear con el, y por lo tanto, pelearse conmigo.
Y mi hermana tenía sus pechugas, era flaca, había entrado a medicina... y yo... seguia llorando cada dia al entrar a los talleres frios y blancos de la escuela de arte.
Y seguí comiendo.... segui comiendo no se hasta cuando porque nunca me pesé....
Finalmente terminé esa carrera que mi mamá quería que terminara. No se si para torturarme o para saber que me había obligado a hacerlo. Ese título nunca me va a servir de mucho de todos modos. 
Y me matriculé en mecánica. Sé que a mi mamá le cargó. Odiaba verme con el overol puesto. Odiaba que llegara con las manos sucias y que sólo tuviera amigos hombres. Odiaba no poder presumir de mi ante sus amigas. Sé que ella quería que todos su hijos estudiaran carreras de renombre. Para lucirse. "si, mis 3 hijos son doctores" o "2 medicos y una abogada" o boludeces por el estilo.
Lo sé porque es su forma de ser. Es su forma de ver las cosas. Para ella, las apariencias lo son todo. Y por eso yo nunca le agradé. Gorda, mecánico y más encima, me gusta  el fútbol. No era la princesita que ella esperaba mostrar ante los demás.
Y fue estando en mecánica que comenzaron mis problemas con la comida.
Habia estado yendo donde una doctora, que me hizo bajar unos kilos pero luego los subi. Con ella llegue a bajar hasta los 98, pero subi nuevamente hasta 108 porque ella se enfermó de cancer y tuve que suspender mi tratamiento.
Y un dia... un dia cualquiera, deje de comer. Me alimenté durante 10 días con 1 o 2 barras de cereal y coca cola light. Estaba mal, parecia un zombie, ojerosa, distraida. Cansada.
Pero bajaba de peso.. y eso era lo unico que me importaba.
Y mi mama era la que mas me decia que tenia que comer, que me iba a pasar algo. Claro, ella ya tenia suficiente. Preferia dejar todo tal cual, que yo siguiera siendo la mórbida de la familia para que su niñita se pudiera lucir con su cuerpo perfeto y sus pechugas de goma y su cerebro magnífico.
Pero bajé. Y si bien mi baja no fue tan importante, marcó el inicio de mis desórdenes alimenticios. Porque aprendí que podía dejar de comer. Aprendí que podía vomitar lo que comía de más. Y que funcionaba. Aprendí que después de vomitar uno se aburría y optaba por no comer nada. Porque te cansaba menos y te hacia ver algo mejor... aprendí. Y eso, no se olvida.
Llegué a los 95 kilos. Y ahi me mantuve . Hasta que en septiembre del 2008, decidí que todo tenía que cambiar. Y me metí al gimnasio. Estaba en 97 kilos.  Estuve 3 meses ahi. iba casi todos los dias. Y si bien sabia que con esto del gimnasio tenía que empezar a alimentarme mejor, sucedió todo lo contrario. Bajé mi ingesta de calorías de modo drastico. Trataba de no sobrepasar las 600 calorias diarias y de pronto dejé de lado todos los carbohidratos. Pan, tallrines, arroz, papas, azucares. Comía zapallo italiano hervido, o huevos, o ensaladas. En la noche tomaba sopa y jugo.
Pero me aburría... y a veces me salía. Y comía algo indebido y deciía vomitar.  Hasta que se volvió un hábito. Quedándome sola casi todo el día en mi casa, me dedicaba a comprar comida para vomitar. A esos alimentos los llamo "Vomitables". Y compraba tallarines, caracoquesos, macarrones, todas esas cosas que ya sabía que eran muy fáciles para vomitar. Porque uno va aprendiendo que cosas son fáciles y cuales es mejor evitar. Y era una espiral complicada..
Y nuevamente mi mama diciendome que encontraba que yo estaba enferma, que me veia ojerosa, que tenia que comer mejor. 
Pero no. Para mi, estaba todo bien. 
Ya era una bulímica. Al menos a tiempo parcial.
A diciembre del año pasado había bajado a 83 kilos. 14 kilos en 3 meses. Todo un logro.
Hasta que este verano me fui de vacaciones a Temuco/Pucon/Caburgua y comi todo lo que no habia comido en mucho tiempo. Y subi 4 kilos.
Pero recien ahora, a finales de marzo, logré sentir nuevamente esa voluntad misteriosa que a veces viene a apoderarse de mi -y que siempre espero que se quede por harto tiempo-.
Saqué nuevamente los carbohidratos de la dieta. Solo me los permito al desayuno, cuando me como un tazon de leche con cereales (20 grs de cereal medidos con una taza) y si tengo mucha hambre, agrego 1 rebanada de pan integral o 1/2 pan blanco sin miga.
Despúes del desayuno, no puedo comer carbohidratos. Y si los como, tienen un solo destino. El W.C.
Lo malo de todo este proceso es que las relaciones con mi mamá estan pesimo. Y ni siqueira por mi dieta extrema. Ella ha estado especialmente virulenta conmigo estos dias. Y no se bien por qué. Pareciera criticar todo lo que hago solo por la satisfacción que le produce hacerme sentir mal de algún modo. Y para hacerlo todo mejor, favorece a mi hermana y le encuentra la razón en todo. A pesar de que mi punto es de que mi hermana es una irresponsable, floja y aprovechadora. Cosas de las que, por lo demás, estoy segura y no temo equivocarme porque la conozco y la veo todos los dias. 
Además, mi papá me encuentra razón en mis demandas. Sabe que ellas dos me están cargando la mano por razones que no entiendo.
Les caigo mal, es posible. A mi, mi hermana me tiene harta, pero creo que más que nada es porque mi mamá la tiene de favorita... desde que mi hermano se fue de la casa, mi hermana es la favorita... y yo nunca lo seré. Tampoco me importa eso. Me basta con saber que mi papá me ama y me apapacha cuando lo necesito.
Es ridículo cuando mi mama me dice "Eres igual a tu papá", como para hacerme sentir mal, como para ofenderme. Supongo que le molesta cuando le respondo "Es un honor parecerme a el y no a ti".
Pero bueno.... el tema es que desde ahora he decidido escribir lo más seguido posible lo que va pasando con mi vida. Porque necesito un medio de escape de toda esta mierda que me está pasando. 
Yo tengo suficientes problemas con mis EDs -eating disorders-, como para más encima poder lidiar con lo que pasa con mi mamá.
Asi que, a partir de aquí, veremos como avanza mi vida.
Ah! Debo decir que los 4  kilos que subi en el verano, ya no estan. Asi que parto de nuevo en 83.
Y se que esta vez lo voy a conseguir.

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